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El abordaje del problema migratorio es una de las crisis más graves a las que se enfrenta la humanidad, con el colapso del actual sistema de asilo y refugio, reiteradas violaciones de la legislación comunitaria e internacional y una falla sistemática de solidaridad que incrementa la xenofobia, los sentimientos antiinmigración y el euroescepticismo (un buen ejemplo es el triunfo del Brexit). Y la pandemia sólo ha revelado nuestra cara menos amable y solidaria para con los migrantes. El pánico causado por la Covid-19 ha sido la excusa perfecta para que las medidas antiinmigración se refuercen; eso sí, siempre que las cadenas de suministro sigan funcionando (en gran parte por la mano de obra de esos migrantes a los que rechazamos).

Por mucho que queramos permanecer ajenos a esta realidad, el hecho es que vivimos en la Era de las migraciones, y pocas personas hay en los países industrializados que actualmente no tengan una experiencia personal de la migración y sus efectos. Sobran los argumentos para generar el deber de proteger a estas personas, y no sólo por los Estados en particular, sino por toda la comunidad internacional. Sin embargo, las políticas adoptadas hasta ahora, y que responden a una lógica unilateral, miope y cortoplacista, han fallado estrepitosamente por ignorar la dimensión global del problema. Global en un doble sentido: porque su alcance es planetario y porque supone un fenómeno social total. Esto es, no sólo llega mano de obra sino personas y con ellas sociedades, culturas y cosmovisiones distintas, lo que nos obliga a repensar las categorías de ciudadanía, nacionalidad y soberanía.

No basta, por tanto, con gestionar las fronteras, sino que nos enfrentamos también el desafío que supone la incorporación de nuevos ciudadanos en la estructura social, cultural, laboral, económica y jurídica desde el respeto a los derechos humanos y el reconocimiento a la diversidad. Una solución integral generalmente ausente. Es obligado, en consecuencia, analizar el impacto que tienen los procesos migratorios en las personas que lo sufren, ya que muchas de las razones que llevan a las personas a emigrar influyen en gran medida en el modo en que éstas se asientan en una sociedad determinada. Porque lo único cierto es que la porosidad de las fronteras, como una de las paradojas del proceso globalizador, de las posibilidades de movilidad y sobre todo de la visibilidad de la desigualdad que empuja al desplazamiento, nos confirma que las migraciones no cesan ni cesarán en el futuro. Unos movimientos humanos que cada vez se escriben más en femenino, lo que obliga también a adoptar una perspectiva de género.

Y esta es la gran aportación del Grupo de Investigación Diversitas de la Universidad de Salamanca con su MÁSTER PROPIO “DERECHOS HUMANOS, MIGRACIONES Y DIVERSIDAD”. Un máster profesionalizante de gran interés para quienes, desde las instituciones públicas o privadas, trabajan y/o estén interesados en la materia migratoria. Con 60 ECTS y en un formato enteramente online, esta formación especializada en Derechos Humanos, migración y gestión de la diversidad lleva a cabo un análisis multidisciplinar del fenómeno. Un enfoque integrador y propositivo, con miras a comprender y gestionar mejor las migraciones y las transformaciones multiculturales que de ella derivan.